Review – Rogue One: A Star Wars Story

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En una galaxia muy muy lejana, pasan cosas que podemos entender completamente. Eventos que podemos comprender, asimilar e incluso ponerlos en paralelo con nuestro propia realidad. Porque es verdad, Star Wars es acerca de nosotros, es acerca del mundo, de la vida, de la política, las guerras, los intereses, los Rebeldes y el Imperio. Rogue One, en ese sentido, es, quizás, la película que mejor lo retrata en la saga. La que más se acerca a nosotros, la que hace que una galaxia muy lejana, se sienta muy muy cercana.

Con una historia de robo, donde un grupo de bandidos debe hacerse con los planos de la Estrella de la Muerte, esta película es una forma completamente distinta de aproximarnos a los Rebeldes, a esos que siempre fueron blancas palomas, a los que siempre fueron buenos, rubios y príncipes. A los que siempre lucharon por el bien, a los que no mataban, robaban o espiaban. Es un apronte real a un grupo armado que, salvo por sus intereses de paz, no tienen nada que envidiarle al Imperio en los métodos.

Y esa es una de las grandes gracias. Cassian Andor, interpretado precisamente por Diego Luna, se lo dice a Jyn en un momento. Hemos robado, matado, espiado. Hemos hecho de todo. Somos asesinos. Somos malos. Pero estamos acá y creemos en algo. Creemos en la causa, en el bien mayor, en que hay que sacrificar para poder lograr lo que nos proponemos. Tenemos que sabotear, mentir, decepcionar y confundir. Porque la causa lo amerita. Porque creemos en algo. Porque sacrificamos. Porque no me podría mirar al espejo si dejo pasar una oportunidad para hacer lo que tengo que hacer por la Rebelión.

Rogue One es una película de principios, de misiones, de creer y de confiar. La rebeliones se arman sobre los hombros de la esperanza, sobre los hombros de la fe. Y si de fe se trata, el personaje de Donnie Yen, Chirrut Îmwe, es la prueba viviente (o no tanto, spoiler. ¿Es spoiler realmente?) de que creer es lo importante. Él no es Jedi, no tiene la Fuerza en su interior, no tiene Lightsaber ni puede mover objetos a voluntad, pero cree y creer es importante. Lo más importante. Las rebeliones se construyen sobre los hombros de la esperanza y la fe.

Además, es la cinta de los que quedaron atrás, de los que se esforzaron, pero no pasaron a la historia. Es la leyenda de esos héroes casi anónimos que sacrificaron todo para la causa, con el fin del bien mayor, por las ganas de que las cosas se hagan bien. Rogue One es una película esperanzadora y llena de mensajes. Es un canto a todo lo que no hacemos y tenemos que hacer. A todas esas batallas que no libramos por quedarnos mirando, a todas esas peleas que tenemos que dar, pero nos da miedo. Hay que creer en la causa. Hay que creer en la misión. Como Gerrera le grita a Jyn antes que Jedha se destruya: save the dream.

Esta cinta es una muestra más de que el universo de Star Wars es tan rico e intenso como la maestría de quien dirige. Y ahí Gareth Edwards es clave. Entendió la saga, entendió el contexto, el corazón y el alma de todo lo que rodea a Star Wars. Expandió mundos, creó, se la jugó y cumplió. Todo es creíble. Todo está bien puesto. Las naves, los planetas, los Rebeldes y la causa. Sobre todo la causa. ¿Cómo no mirar con otros ojos A New Hope después de entender que un grupo de cabros con nada que perder dieron la vida por los planos que más adelante llevarían al triunfo de la Rebelión? O, más importante, ¿cómo no mirar con otros ojos a Darth Vader después de esa última escena? ¿Cómo dudar que es, efectivamente, el villano más icónico de la historia del cine? Rogue One le hace muy bien al Episodio IV. Tan tan bien.

Crean, cabros. Crean. Ese es el mensaje. Rogue One es una película acerca de avanzar y darlo todo. Es la historia de cómo estamos destinados a seguir, avanzar y no rendirnos. No claudicar. No echarse a morir. Y como dice Jyn Erso antes de desembarcar en Scarif: vamos a tomar esta oportunidad y la siguiente y la siguiente y la siguiente, hasta que ya no nos queden más. Así es la vida, cabros. Tomen sus oportunidades. Gracias, Rogue One.

Director de Walabi.cl. 27 años. Escribo y hablo harto. A veces, más de lo que debería. Para cualquier cosa, puedes encontrarme en Twitter o escribirme a diego[at]walabi.cl